“STRANGE FRUIT”

linchamientos-eeuuPocas canciones tan estremecedoras como “Strange fruit”. Concebida originalmente como un poema de protesta acerca de los linchamientos públicos de hombres negros en los estados del Sur a principios del siglo pasado, se hizo inmortal en la versión cantada por Billie Hollyday. Desde entonces ha conocido muchas interpretaciones, incluida una extraordinaria de Nina Simone. La letra habla de la “extraña fruta” que exhibían algunos árboles de estados sureños, con “sangre en las ramas y en las raíces”. Aún hoy es fácil descubrir en Internet imágenes crudas de multitudes de ciudadanos blancos alrededor de árboles donde se quemaba o colgaba a ciudadanos negros sin ningún motivo.

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Ejecuciones convertidas en espectáculos públicos, casi festivos, como atestiguan los rostros sonrientes de muchos de los espectadores. No es imposible imaginar a alguien viendo las fotos y reconociendo entre el público a un pariente cercano. Tal vez su madre, o su abuelo o una tía. Gente respetable, cariñosa tal vez. Esa abuela que te preparaba un pastel cuando ibas a visitarla. O ese padre que te enseñó a montar en bicicleta, y que te animaba a seguir intentándolo con la misma sonrisa con la que veía cómo ahorcaban a otro ser humano delante de sus narices.

LA MEJOR JUVENTUD (2.003, Marco Tullio Giordana)

la_meglio_gioventu_the_best_of_youth_tv-548551488-largeEstrenada en salas y luego en una versión ampliada en la RAI, “La mejor juventud” puede ser vista como una película de seis horas, o como una mini serie que parece cine. Su argumento es sencillo y ambicioso a la vez: contar la vida de dos hermanos, Nicola y Matteo, desde que terminan la universidad y se preparan para ingresar en la vida adulta, hasta qué ha sido de ellos treinta años después. Su vida y la de todos los que les rodean, y con ellos, un fresco de la historia de Italia en todo ese tiempo, con crisis financieras, corrupción, Mafia y campeonatos del mundo incluidos. Los personajes se hacen adultos, se enamoran, envejecen, ven morir a sus padres, tienen hijos ellos mismos, y se ven enfrentados a circunstancias extraordinarias y a otras más pequeñas pero no por ello menos importantes. Viven, en definitiva. Y este proceso, este paso de tiempo y de cómo cambia a los hermanos y a la gente a su alrededor, no podría estar mejor contado. No hay nada que chirríe en las elipsis, ni siquiera las tan difíciles caracterizaciones de los actores. Todo parece fluir de forma natural, y al mismo tiempo, está llena de momentos memorables.

La mejor juventud” no esquiva la dureza, pero nunca deja de emocionar. Y como “Boyhood”, más que una película se convierte en una experiencia, para contar cómo hasta las pequeñas decisiones que parecen menores en la vida tienen eco y resuenan en el resto de la vida, como un efecto mariposa de consecuencias imprevisibles. Todo está plantado allí, en el comienzo de la película, en ese viaje de los hermanos intentando rescatar a una joven desequilibrada, y tiene su colofón en unas secuencias finales que cierran el círculo vital de todos ellos. Una película extraordinaria.

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EL PUENTE DE LOS SUICIDIOS

bridge 2Desde el día de su construcción, el puente Golden Gate de San Francisco se ha convertido en uno de los lugares donde más suicidios tienen lugar. Cuando el cineasta Eric Steel supo que al menos 34 personas se mataban allí cada año, contrató a varios cámaras para que pasasen el día grabando el puente desde tierra, y lo que vio le dejó atónito: con una periodicidad casi matemática, había gente que se suicidaba delante de sus cámaras.

“The bridge” es un intento de indagar en las vidas de esas personas. Hay todo tipo de circunstancias, desde depresivos o enfermos mentales, a gente que simplemente deja de querer vivir en un momento determinado. La pregunta que subyace en todo el documental es: ¿por qué en el Golden Gate? ¿Qué atrae a la gente a quitarse la vida allí precisamente? Y esta pregunta está sazonada de imágenes terribles y deslumbrantes. Las cámaras de Steel se dedicaron durante cerca de un año a grabar a personas reales tirándose desde el puente. Literalmente. Sin trampa ni cartón, ves a aparentes turistas vagabundear por el puente, asomándose al agua, hablando por teléfono, para de pronto subirse a la barandilla y lanzarse al vacío. Una de las cosas más impactantes del documental es descubrir que nada distingue en apariencia a los suicidas del resto de cientos de visitantes que acuden al puente a hacerse fotos. Sólo lo descubres con la caída. Y hay algo siniestramente estético en ver esas muertes. Te sientes un vouyer morboso pero hechizado por una forma de morir que es terrible pero bella al mismo tiempo, con esos cuerpos cayendo durante segundos eternos hasta impactar en el agua.

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“DOS AMIGAS”, ELENA FERRANTE Y LA VIOLENCIA ASUMIDA

napolesAcabo de leer la primera parte de la tetralogía de Elena Ferrante que está arrasando en medio Europa. Escrito por una mujer cuya verdadera identidad nadie conoce a ciencia cierta, “La amiga estupenda”, la primera parte de la saga, cuenta la sencilla historia de la infancia y adolescencia de dos amigas que crecen en un barrio humilde napolitano de finales de los años 50 y principios de los 60. Más allá de la calidad o el interés que tiene la novela en sí, lo que me llama la atención del libro es cómo relata la forma de vivir y pensar en la Nápoles de aquella época (no tan distinta, imagino, a la España de su época). Códigos estrictos para hombres y mujeres, reglas que ahora nos parecen brutales, pero que son contadas con perfecta naturalidad. Así, se cuenta sin estridencias la presencia constante de padres o madres que insultan y pegan a sus hijos. Es habitual ver niños con moratones producto de una paliza de su padre la noche anterior. Se producen peleas entre adolescentes del barrio que tienen como trofeo una chica a la que nadie pide su opinión. La protagonista sabe que no puede subir en el coche de un hombre porque eso significaría que su hermano tendría que matar al otro. Si alguien miente sobre ti, tu novio debe enfrentarse al mentiroso a navajazos si es preciso. Y si no lo hace, no sólo no te quiere, sino que no te merece como pareja.

Lo que más llama la atención del libro es que no juzga, ni critica, ni siquiera echa una mirada retrospectiva asombrada sobre cómo eran las cosas. Simplemente, lo cuenta. Y lo que es más curioso, la calidez de las personas y sus afectos van separados de las brutalidades que cometen o soportan. Así, la protagonista puede querer sin fisuras a su padre pese a que este le pegue sin miramientos en ocasiones, o puede admitir sin rubor estar enamorada justo del hombre que peor la trata. Ese ausencia de juicio crítico, de aceptación pasiva, resulta mucho más aterrador que cualquier acto de violencia.

“PICNIC EN HANGING ROCK” (P. Weir, 1.975)

picnic-hanging-rockHay películas que desafían todas las reglas, que parecen diseñadas para contravenir todas las teorías. Y ninguna parece conseguirlo más que la segunda película de Peter Weir. El argumento es muy sencillo: una mañana de San Valentín del año 1.900, un grupo de alumnas de un internado privado hacen una excursión a la montaña de Hanging Rock. Tres de ellas nunca regresan.

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No sólo el argumento es apenas un detonante. En el resto de la película no acaba de pasar mucho más. De hecho, el misterio nunca se resuelve. Jamás se cuenta claramente qué ha pasado con las tres chicas. En una película abierta a todo tipo de explicaciones, es incuestionable que Weir aborda el periplo de las chicas del internado como un viaje a una cierta liberación física, casi sexual. Alumnas de un rígido internado victoriano, las chicas parecen sufrir un shock al hacer el viaje a la Australia profunda, primigenia y salvaje, a la montaña laberíntica que parece atraerlas como un imán pese al peligro que supone. Y Weir cuenta magníficamente este proceso de hechizamiento, con las chicas ascendiendo por la montaña como si una fuerza invisible les ordenase seguir hasta el fin. Engullidas para siempre por la montaña, el resto de los personajes deambulan incapaces de seguir con sus vidas sin antes lograr resolver el misterio. Ese proceso de angustia casi obsesiva se contagia al espectador. Milagrosamente, la no resolución de la trama no convierte a la película en una decepción. Ves una y otra vez “Hanging rock” a lo largo de los años, intentando encontrar algo, una pista, una señal que te hubiese pasado desapercibido una anterior vez. Como los personajes supervivientes, la montaña sigue llamándote, con todo su misterio intacto y eterno.

“HEY JUDE” Y LA NOCHE EN HARROLD

paul1969Una noche de 1.968, cuando los Beatles eran Dios, Paul Mc Cartney volvía con un amigo hacia Londres cuando decidió parar en un pueblo llamado Harrold, simplemente porque le gustaba el nombre. Era una localidad pequeña, con un pub vecinal que estaba cerrado pero no tardó en ser abierto ante la llegada del beatle. Esa noche todo el pueblo bebió pintas de cerveza con Mc Cartney mientras este cantaba por primera vez en público una canción que acababa de componer: “Hey Jude”.

Cuando meses después la canción arrasase por medio mundo ellos jurarían a oyentes incrédulos: “Yo estaba allí la noche en que Mc Cartney cantó por primera vez esa canción”. Incluso es posible aventurar que la coda final de la canción, esos “Na-na-na” inmortales hubiesen surgido esa noche en Harrold, mientras Mc Cartney aporreaba el piano del pub y los vecinos improvisaban para hacerle los coros. En una época sin Internet ni móviles, es fácil imaginar el recuerdo borroso y mítico, casi de ensueño, que tendría para la mayoría de los lugareños esa noche inolvidable.

Es una de las historias que cuenta Bob Stanley en “Yeah, yeah, yeah”, un maravilloso recorrido por la música pop. “¿Qué es lo que define el pop de calidad? Tensión, antagonismo, progreso y miedo al progreso. Me encanta el tira y afloja entre la industria y el underground, entre el artificio y la autenticidad, entre los osados y los conservadores, entre el rock y el pop, entre lo bobo y lo inteligente, entre los chicos y las chicas. Y buena parte de la gracia de todo es tomar partido”. Cambia “música pop” por “vida” y suscribo las palabras de Stanley.

 

“SIN PERDÓN” “LA PRINCESA PROMETIDA” Y VENGANZAS LEONESAS.

inigo-jpg_162630“Soy Íñigo de Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”. Si no reconoces estas palabras, no has tenido infancia (o eres muy joven, que también es posible). Todos hemos crecido adorando a este personaje de “La princesa prometida”, un tipo que básicamente se pasaba media vida esperando a vengarse. Ya más adultos, el final de “Sin perdón” nos dejó patidifusos con ese brutal final en el que un justiciero Clint Eastwood entraba en un saloon escopeta en mano para matar a todo lo que se movía. Cuando Gene Hackman le acusaba de haber matado a sangre fría a un hombre desarmado, su réplica era: “Debió haberse armado cuando decidió decorar su local con el cadáver de mi amigo”.

La idea de venganza es consustancial al ser humano porque refleja nuestra manera de sentir hasta hace no tanto tiempo. Estaba legitimada, era correcto o al menos defendible liarse a tiros para vengar a un amigo, o esperar media vida para asesinar al hombre que mató a tu padre. Sin embargo, hoy en día la evolución moral en nuestra sociedad nos hace ver esos comportamientos como aberrantes, vestigios de un pasado felizmente superado. Nadie se venga. Nadie espera media vida para matar a alguien que dañó a sus seres queridos. Por eso resulta tan desconcertante el asesinato de la diputada leonesa del PP Isabel Carrasco.

carrasco-tiroteo--644x362Repasemos los hechos: Isabel Carrasco es la todopoderosa política que supuestamente hizo la vida imposible a Triana, una joven funcionaria. La madre de Triana no paró hasta asesinar a la mujer que ella defendía había hecho destrozado a su hija. Lo más desconcertante de todo es que después de meses en la cárcel, cuando tuvo que declarar si se arrepentía de su crimen, la madre contestó con serenidad y absoluta sinceridad. “No, lo volvería a hacer mil veces”. No estoy defendiendo su postura, por supuesto, pero sin duda esta mujer no está loca ni parece presa de una enajenación temporal. Parece haber venido de otra época y otro tiempo, como el pistolero de “Sin perdón”, o el espadachín de “La princesa prometida”, ese espacio mental donde la venganza aún es legítima y uno queda en paz consigo mismo cuando la ejerce. Y nos produce fascinación porque aunque no defendemos lo que hizo, algo en nosotros nos recuerda que alguna vez fuimos así, no hace tanto tiempo. Capaces de matar a quien dañó a nuestra hija, o de esperar media vida al hombre que asesinó a nuestro padre.

EL OFICIO DE VIVIR

Andrea_Checchi_e_Costance_DowlingEs difícil leer algo más triste que la última parte de las memorias del poeta Césare Pavese, que escribió “No más palabras, sólo un gesto” antes de descerrajarse un tiro en la sien. Depresivo e hipersensible, decidió matarse tras ser rechazado por la mujer de la que estaba enamorado sin esperanza. Aunque no la menciona por su nombre en el libro, era Costance Dowling. Actriz de escaso éxito, Dowling había conocido a Pavese tras “huir” de Estados Unidos, intentando poner tierra de por medio tras su no menos tormentosa relación adúltera con el director de cine Elia Kazan.

Una relación que el propio Kazan mantuvo en secreto durante años (no en vano él estaba casado y ya era un director exitoso) hasta que escribió su autobiografía, en 1.989, cuando Constance Dowling ya había muerto hacía tiempo. El modo en que Kazan habla de su relación con Dowling en el libro están llenos de sentimiento herido, del modo en que un anciano habla de un amor que nunca ha llegado a superarse del todo. Como enfermos, tras poner fin a su relación prometieron no volver a verse nunca más.

constance-dowling1¿Y qué fue de Constance tras la muerte de Césare Pavese? Según lo poco que se encuentra de ella en Internet, regresó a Estados Unidos, hizo unas cuantas películas poco exitosas y acabó retirándose del cine tras casarse con un acaudalado empresario, con el que tuvo tres hijos. Pasó retirada y viviendo en el anonimato los últimos años de su vida, hasta su temprana muerte por un derrame cerebral, con sólo 49 años.

Pienso en una mujer como ella, desconocida para la mayoría de la gente, que sin embargo fue capaz de alumbrar la vida de dos grandes artistas del siglo XX. Y pienso, no sé por qué, en sus hijos. Para ellos, mientras crecía, su madre sería una mujer normal, una madre más guapa que otras, con un pasado en el cine del que tal vez no le gustaba hablar en exceso. Una madre cariñosa, entregada a la familia. Cuando murió, es de suponer que se llevó con ella los secretos de sus amores pasados. A fin de cuentas, ¿qué madre comparte esa parte de su pasado con sus hijos? Durante años apenas sabrían algo más de ella, sólo sentirían su ausencia, hasta que nuevas publicaciones (biografías de Cesare Pavese, la autobiografía de Kazan) les hiciesen asomarse a esa parte de la vida de su madre desconocida para ellos. Me imagino que serían ya adultos cuando supieron que esa mujer, antes de convertirse en su madre, había sido joven, capaz de cometer locuras, de vivir grandes historias de amor y hacer que un poeta escribiese sobre ella:

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

esta muerte que nos acompaña

desde el alba a la noche, insomne,

sorda, como un viejo remordimiento

o un absurdo defecto. Tus ojos

serán una palabra inútil,

un grito callado, un silencio.

Así los ves cada mañana

cuando sola te inclinas

ante el espejo. Oh, amada esperanza,

aquel día sabremos, también,

que eres la vida y eres la nada.

Tal vez al enterarse se sintieron incómodos, quizás orgullosos. Y como todos, comprobaron lo poco que sabemos, en realidad, de las personas a las que creemos conocer tanto.

EL ENIGMA, de Jan Morris

El enigma

“El enigma” es el relato autobiográfico de cómo James Morris se convirtió en mujer. Desde una edad temprana (cuando tenía 4 años), James había tenido la certeza absoluta de estar en el cuerpo equivocado, pero le llevó media vida convertirlo en un hecho. Una vida apasionante y aventurera, por cierto. Estudiante de Oxford, Morris luchó en la II Guerra Mundial y más tarde participó como periodista en el ascenso al Everest en la expedición británica de 1.953. Reputado reportero internacional, presente en todos los conflictos memorables de los años 50 y 60, también escribió libros de viajes (uno de ellos dedicado a España). Durante todo ese tiempo, Morris se casó y se convirtió en padre de familia numerosa. Y siempre con la seguridad de estar atrapado en un cuerpo equivocado. Conviene recordar la época: en los años 70 del pasado siglo la transexualidad se veía aún casi como una patología psiquiátrica, y además del descrédito social, resultaba casi imposible ser intervenido quirúrgicamente.

Aunque no se detiene en ningún detalle morboso, todo el libro es una mezcla de honestidad descarnada y al mismo tiempo elegancia británica sobre ese enigma, la certeza de ser una persona incompleta en un sexo equivocado. Hay mucha angustia, sentido del humor y ternura en la peripecia de Morris. Repite varias veces que sólo le salvó del suicidio el amor de sus familia, y es difícil no creerlo. Pero al mismo tiempo es un libro ameno y divertido, lleno de escenas memorables, como la operación clandestina en Casablanca, o reflexiones muy interesantes acerca de dónde descansa la identidad, o sobre las diferencias de todo tipo entre ser hombre o mujer (incluida la distinción vital entre tener pene o no tenerlo).

EL VIAJE A NINGUNA PARTE

Viaje a ninguna parteEspaña es ese país en el que un hombre que ha sido un formidable actor y director de cine durante más de cincuenta años, responsable directo de al menos un par de obras maestras, pasa a la historia porque un día mandó a un tipo a la mierda.

Si tuviese que quedarme con una sola película de Fernando Fernán Gómez, sería “El viaje a ninguna parte”, la crónica agridulce de una compañía de cómicos en la España franquista. Deambulando de pueblo en pueblo como auténticos vagabundos en busca de un sitio donde actuar, durmiendo en pensiones de mala muerte y cobrando las propinas de unos parroquianos recelosos, la película es un maravilloso equilibrio entre la sordidez y la ternura. Es genuinamente divertida, con secuencias antológicas (Fernán Gómez declamando voz en grito “Señoriiitoooo”, o un Gabino Diego zangolotino, perfecto en su papel), pero a la vez es desgarradoramente triste, con secuencias como la despedida de Fernán Gómez de su hijo (José Sacristán), sabiendo que nunca más volverán a encontrarse. Es un sentido homenaje a los cómicos de antaño que pasaron las de Caín y pavimentaron el paso a las nuevas generaciones, pero es a la vez una carta de amor a una España desaparecida, triste y miserable, pero a la vez llena de dignidad.

474158No hay ningún personaje en la película que no sea humano y comprensible: actúan por motivos nobles, por necesidades básicas como comer o buscarse un sitio donde poder morir en paz. Las relaciones amorosas de José Sacristán están escritas e interpretadas desde un absoluto respeto y una ternura que ya desearíamos encontrar en muchas películas actuales. Entiendes a cada personaje, y cada uno de ellos tiene motivos honestos.

En una España miserable y hambrienta, la exhibición de humanidad de la película brilla más que nunca. Es como si Fernán Gómez quisiese decir que con la prosperidad dejamos muchas cosas atrás, y no todas debían perderse. Debemos recordar, saber de dónde venimos, y cómo no debimos dejar de ser en muchos aspectos. Ese brillo de humanidad en la película deja poso y te reconcilia con la vida cada vez que la ves.

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